Palabras del Director Carlos Miranda

Por hoy se ha hecho general que la validación de las instituciones en la sociedad se produzca a través de procesos de acreditación y otras por certificación, ambos intentando como procesos internos auto-gestados de develación, en el cual las declaraciones comparecen ante las evidencias. Este fue el caso en el cual la Universidad, con su aparato conductor, gestor a la vez que integrador se enfrentó en el 2016  y la Escuela y Carrera de Arquitectura el 2015, culminando el 2016. Pero junto a aquellos procesos el 2016 la universidad celebraba su 60° aniversario y nuestra Escuela su cumpleaños 35.

Ambos hechos implicaron un momento institucional de ensimismamiento: uno por los procesos que por hoy dictan formalmente para nuestra validación el autoevaluarse, y el otro, de las fiestas, aquellas que traen los números cerrados, los ciclos que con un sentido reflexivo nos lleva a contemplar como panorámica los por qué, para qué, dónde, cómo y fundamentalmente quienes. Ambos tiempos aun en alcance entre historia y biografías. Historia pequeña, imperceptible para muchas instituciones, biografías de dedicaciones completas para los seres humanos que le han forjado. Este encuentro es una oportunidad, sin vuelta atrás, en ella hay una raíz de enorme significación, pues los proyectos de quienes la componen se confunden con la entidad, y son la base esencial de las tradiciones, del tronco de la institución, de los deberes y derechos de quienes serán en sus futuros protagonistas. Entre nosotros aun caminan algunos de sus fundadores, los primeros habitantes que en voz propia perfilan afiladas opiniones por su precisión y contundencia por la actualidad de las ideas y también amorosas palabras y profundos agradecimientos a las sombras y rincones diarios que después de toda una vida siguen ahí como fieles testigos.

Iniciada en 1982, la Carrera de Arquitectura es quien cumple esta edad (35 años), que a tiempos de institución son pequeños, pero en las personas da cuerpo al sentido de vida de cada biografía que ha acompañado y aportado a un colectivo conformando su complejidad a la vez otorgándole consistencia humana a su sentido. El valor de todos aquellos que como agentes y motivo de origen van nuestro primer saludo. No solo quienes partieron, sino que aquellos que de otras latitudes e instituciones se han y se sienten parte de esta travesía. Todos ellos han establecido un acuerdo subyacente que les sobrepasa la existencia de una institución: la Escuela de Arquitectura. Si bien cómo Escuela es una figura legal que hoy transitamos en el campo de la Universidad, es la consideración de “escuela” en el ámbito del oficio la que pesa pues es muestra de que lo fundado ha llegado a conformar un valor particular entre los arquitectos.

Bien nos decía Giorgo Grassi ya en el año 2003 que el valor de la Escuela estaba en sus relaciones, procesos y acciones con un sentido común, no en la evidencia como resultado final, muchas veces parcial importando poco al tronco a que dice pertenecer:

“Siempre he pensado que la escuela podría verdaderamente realizarse tan sólo basándose en contenidos compartidos y en un objetivo común; que podría ser sólo el resultado de un trabajo colectivo; siempre he pensado que el deber de la escuela, de una escuela para aprendices como la nuestra, era la construcción de un punto de vista en común, sobre todo con respecto a nuestro trabajo común, situándose en el centro solamente la verdad y la especificidad de ese trabajo. Siempre he pensado que la escuela tenía que ser esto (como siempre lo ha sido la arquitectura) y no aquello en lo que hoy parece haberse convertido: en su contrario, o sea, el lugar donde encuentran crédito y espacio las hipótesis más disparatadas, en nombre de la experimentación y de la libertad de expresión, pero también el lugar donde ya no es estrictamente necesario rendir cuentas de lo que se hace, un lugar donde la confusión de lenguas, en el sentido de la cantidad y de la variedad de las respuestas, es una consecuencia acogida con entusiasmo; y todo aquello, obviamente, y cada vez más, en detrimento de la respuesta, del grosor y de la profundidad de la respuesta y de su inteligencia, de forma que también lo que hoy se espera de la escuela (tanto del profesor como del alumno, en eso no hay diferencias) es cada vez menos y de calidad cada vez más mediocre, precisamente como lo que al final sale de la escuela (esta es la línea que inspira también a los programas oficiales y no creo que en las otras escuelas de arquitectura, en Europa o en otro lugar, las cosas vayan mucho mejor, en todo caso por lo que a mi consta, van incluso peor).[1]

Citado lo anterior, en vista de esta Escuela en la cual las biografías se trenzan con la historias lentamente, sumando proyectos y acciones, ganancias, pérdidas y renuncias. Donde el sentido de institución puede ser vistos sólo por aquellos que tranquilizan la mirada y ponen atención. Descubriendo los asuntos propios de esta Escuela.

Los tripulantes y pasajeros de esta nave han aprendido a preguntarse y buscar respuestas en la actividad proyectual de lo que la arquitectura es. Este es el mayor aprendizaje, pues en cada encargo renacerá la posibilidad en dar con la arquitectura al lograr regalar al habitar su producto último: la obra.

La embarcación que ya ha navegado 35 años, nació completa, desde comienzo se aplicó a la docencia a través de un proyecto, de un Plan de Estudios propio, a la investigación reconociendo en la arquitectura que nos esperaba el tiempo, el espacio y la cultura del medio como materia fundamental para el desarrollo de su disciplina, y a la actividad de extensión, hoy vinculación con el medio, entregada a lograr un espacio compartido para la reflexión y desarrollo de las artes de la arquitectura en todas sus anchas, en este paisaje único que nos alberga.

Sus académicos junto a los estudiantes han perseverado atentos  a una doble actualización: aquella que se impulsa en la institución como perfeccionamiento y la que el desierto y océano amasan lenta y cotidianamente.

Esto nos ha permitido crecer como cuerpo, la Escuela nunca ha navegado a la deriva, su travesía en el conjunto de la Universidad hoy nos permite descubrir nuevos horizontes. Nuestras metas son por hoy armonizar e integrar nuestras capacidades y talentos, aprovechando la diversidad y multiplicidad a fin de espectar, interpretar adecuadamente nuestro mundo, para anticipar con nuestro sello a todo tiempo de cambio, logrando hacer de cada nuevo escenario una oportunidad y no una mera adaptación, esta capacidad convocante y proyectiva está en el gen del arquitecto. Y es la invitación que hacemos a la Universidad y a nuestros egresados, pues seguirán encontrando en nuestras prácticas institucionales tales como en la docencia, la educación y actualización continua, en la investigación, espacios para las nuevas preguntas y respuestas, y en los lazos que cada vez perfilamos con más claridad en la vinculación con el medio un camino de integración e interpelación colectiva.

Los titulados, profesionales arquitectos y licenciados en arquitectura, título y grado que los pares honran y que les permite incluirles en la ética del oficio de nuestra ralea suman más de 600. Con cada uno la Escuela se ha multiplicado, se convirtieron en el forjado del oficio en nuestros talleres en colega de su fundadora la arquitecta Ángela Schweitzer Lopetegui, de muchos de su profesores los arquitectos Illanes, Santelices, Gutiérrez, Escorza, Fernández, Gebauer, Ostria, Meneses y Millán entre otros, pero también de Ictino y Calícrates, de Brunelleschi y Bramante, de Nicolás Ledoux y Louis Boullée, de Le Corbusier y Oscar Niemeyer, entre muchos otros. Ellos son el desafío y cada uno de ustedes la oportunidad.

La Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica del Norte fue destinada por su fundadora Ángela Schweitzer, diciendo:

“Dios puso en nuestras manos una oportunidad singular:

Somos protagonistas de una nueva aventura cultural.

Y ustedes los primeros actores de esta gesta…

Vamos a escribir juntos la historia de esta Escuela:

Sólo en la medida que ustedes crezcan será conocida.

Sólo en la medida de vuestra excelencia ella será respetada.

Perteneces a la generación pionera,

La que marcará un camino y sellará un destino.

Tienes en tus manos una antorcha

Que, junto a otras, podría ser una llama;

De ti depende la calidad de su fulgor.

Roguemos juntos al Señor para que no se apague este candil

Que hoy te entregamos.”

Esta es la Escuela enraizada en el Desierto de Atacama humedecida por el Océano Pacífico que hoy sigue avanzando, ampliándose y complejizándose a través de la investigación, el desarrollo de la innovación y la tecnología, de la profundización de las artes y la cultura, en servicio al espacio, el tiempo y nuestra sociedad.

Dr. Arq. Carlos Freddy Miranda Zuleta

Director (2016-2017)

Escuela de Arquitectura


[1] GIORGO GRASSI. Arquitectura lengua muerta y otros escritos. Ed. del Serbal, Barcelona 2003, pp. 15, 16.

 

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